Michel Foucault – El Sujeto y el Poder, 1982.

EL SUJETO Y EL PODER*
Michel Foucault

 

Por qué estudiar el poder: la cuestión del sujeto.

Las ideas que quisiera discutir aquí no constituyen ni una teoría ni una metodología.

Antes de nada, me gustaría explicar cuál ha sido la meta de mi trabajo durante los últimos veinte años. No se trataba de analizar los fenómenos del poder, ni tampoco de establecer los fundamentos para un análisis tal. Mi objetivo, más bien, ha sido crear una historia de los diferentes modos en virtud de los cuales, en nuestra cultura, se convierte en sujetos a los seres humanos. Mi obra se ha ocupado de tres modos de objetivación que transforman a los seres humanos en sujetos.
En primer lugar se encuentran los modos de investigación que intentan arrogarse el rango de ciencias: por ejemplo, la objetivación del sujeto hablante en la grammaire genérale, la filología y la lingüística. O bien, dentro de este primer modo, ]a objetivación del sujeto productivo, el sujeto que trabaja, a través del análisis de la riqueza y la economía. O, un tercer ejemplo, la objetivación del simple hecho de estar vivo en la liisloria natural o en la biología.

En la segunda parte de mi obra, he estudiado la objetivación del sujeto en lo que denominaré «prácticas divisorias». El sujeto se encuentra o bien dividido en su interior, o bien dividido de los otros. Este proceso lo objetiva. Pueden servir de ejemplos el loco y el cuerdo, el enfermo y el sano, los criminales y los probos hombres.
Por último, he tratado de estudiar -en ello se centra mi trabajo actual- la forma en que un ser humano se convierte en sujeto. Por ejemplo, he elegido el dominio de la sexualidad -el modo en que los hombre aprendieron a reconocerse como sujetos de «sexualidad»-.

*Michel Foucault escribió este artículo como epílogo a Michel Foucault: Más allá del estructuralismo y la Hermenéutica, de Hubert L. Dreyfus y Paul Rabinov. La composición del artículo es un tanto extraña, pues el propio Foucault escribió en ingles la primera parle. «Por que estudiar el poder: la cuestión del sujeto», mientras Leslie Sawyer tradujo del francés «Cómo-se ejerce el poder». En esta última traducción hay pequeñas variaciones respecto del original francés (pie consisten básicamente en la ausencia de algunas frases o breves párrafos. El artículo también apareció en Critical Inquirí 8 (verano, 1982 ); pp. 777-79,’). El original francés junto  con la traducción al francés de la parte escrita originalmente en inglés puede encontrarse en Dits et escrits, vol. IV, 306, trad. de E. Durand-Bogaert.
ARTE DESPUÉS DE LA MODERNIDAD

Así pues, el tema central de mi investigación no es el poder sino el sujeto.
Bien es cierto que dediqué bastante tiempo a la cuestión del poder. En seguida me pareció que, al igual que el sujeto humano se emplaza en relaciones de producción y de significación, también está vinculado a relaciones de poder muy complejas. Ahora bien, mientras me parecía que la teoría y la historia económicas constituían un buen instrumento para ana-
lizar las relaciones de producción y, del mismo modo, la lingüística y la semiótica ofrecían instrumentos para el estudio de las relaciones de significación, sin embargo, para las relaciones de poder no disponíamos de herramientas de estudio adecuadas. Nuestro único recurso eran las formas de pensar el poder basadas en los modelos legales, esto es: ¿qué es lo que legitima el poder? O bien podíamos recurrir a maneras de pensar el poder basadas en los modelos institucionales, esto es: ¿qué es el Estado?
Por consiguiente era necesario expandir las dimensiones de una definición del poder si se pretendía utilizar esta definición en el estudio de la objetivación del sujeto.
¿Necesitamos una teoría del poder? Dado que una teoría supone una objetivación previa, no se puede recurrir a ella como base para el trabajo analítico. Sin embargo, no es posible llevar este trabajo analítico a buen puerto sin una conceptualización progresiva. Y esta conceptualización requiere un pensamiento crítico -un constante escrutinio-.
El primer asunto que hay que considerar es lo que denominaré las «necesidades conceptuales». Es decir, la conceptualización no tiene por qué fundarse en una teoría del objeto -el objeto conceptualizado no es el único criterio para una buena conceptualización. Tenemos que conocer las condiciones históricas que motivan nuestra conceptualización. Necesitamos
una conciencia histórica de nuestra circunstancia actual.
Lo segundo a tener en cuenta es el tipo de realidad de la que nos estamos ocupando.

 

Un escritor de un famoso periódico francés expresaba en cierta ocasión su sorpresa: «¿Por qué tanta gente saca a colación la noción de poder hoy en día? ¿Es realmente un asunto tan importante? ¿Acaso es algo lo suficientemente independiente como para que se pueda discutir sin tener en cuenta otros problemas?»,
La sorpresa de este escritor me asombra. Soy un tanto escéptico respecto del supuesto de que esta cuestión se haya planteado por primera vez en el siglo XX. En cualquier caso, para nosotros el poder no sólo es una cuestión teórica, sino que forma parte de nuestra experiencia.
Sólo mencionaré dos «formas patológicas», dos «enfermedades del poder»: el fascismo y el estalinismo. Una de las numerosas razones por las que nos resultan tan enigmáticas es que, a pesar de su unicidad histórica, no son completamente originales. Utilizaron y extendieron mecanismos que ya estaban presentes en muchas otras sociedades. Aún es más: a pesar de su
demencia interna, utilizaron en abundancia las ideas y los dispositivos de nuestra racionalidad política.
Necesitamos una nueva economía de las relaciones de poder -la palabra «economía» se usa aquí en sentido teórico y práctico-. Por decirlo en otros términos: desde Kant el papel de la filosofía es prevenir a la razón del riesgo de transgredir los límites de lo dado en la experiencia; pero desde ese mismo momento -es decir, a partir del desarrollo del Estado moderno y la administración política de la sociedad-, el papel de la filosofía es también vigilar los poderes excesivos de la racionalidad política, una exigencia un tanto desproporcionada.
EL SUJETO Y EL PODER
Todo el mundo está al tanto de estos hechos banales. Pero el hecho de que sean banales no significa que no existan. Lo que tenemos que hacer con los hechos banales es descubrir o al menos intentar descubrir- con qué problema específico e incluso original guardan relación.
El vínculo entre racionalización y exceso de poder político es evidente. No debería hacer falta esperar a la burocracia y a los campos de concentración para darse cuenta de la existencia de esas relaciones. Pero el problema es: ¿qué hacer con un hecho tan evidente? ¿Es necesario someter a juicio a la razón? En mi opinión, nada podría ser más estéril. Primero, porque su dominio no tiene nada que ver con la culpa o la inocencia. En segundo lugar,
porque carece de sentido referirse a la razón como la entidad contraria a la sinrazón. Por último, porque un juicio semejante nos abocaría a adoptar el aburrido y arbitrario papel del racionalista o del irracionalista.
¿Debemos investigar este tipo de racionalismo que parece circunscrito a nuestra cultura moderna y que se origina en la Aufklärung? Creo que ésta era la postura de algunos de los miembros de la Escuela de Frankfurt. No obstante, mi objetivo no es emprender una discusión de sus obras, a pesar de que, sin duda, son de gran valor e importancia. Más bien quisiera sugerir otro modo de investigar las conexiones entre racionalización y poder.
Sin duda, parece más sensato no tomar como una totalidad la racionalización de la sociedad o de la cultura, y en lugar de esto, analizar este proceso en distintos campos, cada uno de ellos vinculado a una experiencia fundamental: la locura, la enfermedad, la muerte, el crimen, la
sexualidad…
Creo que el término «racionalización» es peligroso. Lo que debemos hacer es analizar las racionalidades concretas, en vez de invocar siempre el progreso de la racionalización en general.
Aunque la Aufklärung fue una fase muy importante de nuestra historia y en el desarrollo de la tecnología política, creo que tenemos que hacer referencia a procesos mucho más remotos si pretendemos entender hasta qué punto nos encontramos atrapados en nuestra propia historia.
Quisiera sugerir una manera distinta de iniciar la construcción de una nueva economía de las relaciones de poder, una manera más empírica, más directamente relacionada con nuestra situación actual y que implica una mayor relación entre teoría y práctica. Consiste en tomar como punto de partida las formas de resistencia contra los distintos tipos de poder a través del antagonismo de las estrategias.
Por ejemplo, para descubrir qué entiende nuestra sociedad por cordura, quizá debamos investigar lo que ocurre en el campo de la locura. Y, para averiguar qué entendemos por legalidad, lo que ocurre en el campo de la ilegalidad. Y, para entender en qué consisten las relaciones de poder, quizá debamos investigar las formas de resistencia y los intentos de desintegrar estas relaciones.
Como punto de partida, tomaremos una serie de oposiciones que se han desarrollado en los últimos años: oposición al poder de los hombres sobre las mujeres, de los padres sobre los niños, de la psiquiatría sobre los enfermos mentales, de la medicina sobre la población, de la administración sobre las formas de vida de la gente.
No basta con afirmar que estas son luchas anti-autoritarias; debemos intentar definir con más precisión lo que tienen en común.
1. Son luchas «transversales»; esto es, no se limitan a un país. Por supuesto se desarrollan con mayor facilidad y en mayor medida en ciertos países, pero no están limitadas a una forma particular de gobierno político o económico.
2. La meta de estas luchas son los efectos de poder en cuanto tales. Por ejemplo, no se crítica la profesión médica primordialmente por su interés lucrativo, sino porque ejerce un poder incontrolado sobre los cuerpos de la gente, sobre su salud, su vida v su muerte.
3. Son luchas «inmediatas» por un doble motivo. En estas luchas la gente critica las instancias de poder que les son más cercanas, aquellas que ejercen su acción sobre los individuos. No buscan el «enemigo principal» sino el enemigo inmediato. Tampoco esperan encontrar una solución a sus problemas en fecha futura (es decir, promesas de liberación, revolución, fin
de la lucha de clases). En comparación con una escala teórica de explicación o con un orden revolucionario que polariza al historiador, son luchas anarquistas.
Pero estos no son sus puntos más originales. Los que siguen me parece que definen mejor su especificidad.
4. Son luchas que cuestionan el rango del individuo: por una parte, afirman el derecho a ser diferente, y subrayan todo lo que hace a los individuos realmente individuales. Por otra parte, atacan todo lo que aisla al individuo, lo que rompe sus vínculos con los demás, lo que divide la vida comunitaria, obliga al individuo a contenerse y le ata a su propia identidad de forma represiva.
Estas luchas no están exactamente a favor o en contra de lo «individual», sino que más bien son luchas en contra del «gobierno de la individualización».
5. Se oponen a los efectos de poder ligados al saber’ [knowledge], a la competencia v a la capacitación: luchan contra los privilegios del saber. Pero también se oponen al secretismo, a la deformación y a la mistificación de las representaciones que se imponen a la gente.
No hay nada de «cientificista» en esto (es decir, una creencia dogmática en el valor del conocimiento científico), pero tampoco es un rechazo escéptico o relativista de toda verdad verificada. Lo que se pone en cuestión es el modo en que el conocimiento circula y funciona, su relación con el poder. En definitiva, el régime du savoir.
6. Finalmente, todas estas luchas actuales se mueven en torno a una cuestión: ¿quiénes somos? Implican un rechazo a estas abstracciones, de la violencia que el Estado ejerce mediante la economía y la ideología, que ignora quiénes somos individualmente, así como un rechazo de la inquisición científica o administrativa que determina quién es uno.
En suma, el objeto fundamental de estas luchas no es tanto atacar tal o cual institución de poder, grupo, élite o clase, cuanto más bien una técnica, una forma de poder.
Esta forma de poder interviene en la inmediatez de la vida cotidiana que categoriza al individuo, lo marca con su propia individualidad, lo ata a su propia identidad, le impone una lev de verdad que debe reconocer y que los demás han de reconocer en él. Es una forma de poder que hace
sujetos individuales. Hay dos significados de la palabra «sujeto»: sujeto a algún otro mediante el control y la dependencia, y sujeto y atado a su propia identidad por una conciencia o por el conocimiento2 [knowledge] de sí. Ambos sentidos sugieren una forma de poder que subyuga y sujeta.

1 En este caso, F. Durand Bogaertt traduce con justeza knowledge como savoir («Le sujet el le pouvoir», Dits et écrits, cit.) [N. de los T.].
2 En la traducción francesa, connaissance [N. de los T.]

 

 

EL SUJETO Y EL PODER

En general, se puede decir que hay tres tipos de luchas: las que se enfrentan a la dominación (étnica, social y religiosa); las que se dirigen contra las formas de explotación que separan al individuo de lo que produce; o contra lo que ata al individuo a sí mismo y, de este modo, lo somete a los demás (luchas contra la sujeción, contra las formas de subjetividad y de sumisión).
Creo que en la historia se puede encontrar muchos ejemplos de estos tres tipos de luchas sociales, ya se den de forma aislada o conjunta. Pero incluso cuando se presentan mezclados, la mayoría de las veces uno de ellos prevalece sobre los demás. Por ejemplo, en las sociedades feudales, las luchas contra las formas de dominación étnica o social fueron las predominantes, aun cuando la explotación económica puede haber tenido gran importancia como causa de las revueltas.
En el siglo XIX, la lucha contra la explotación pasó a un primer plano.
Y hoy en día, la lucha contra las formas de subjetivación -contra la sumisión de la subjetividad- se está volviendo más y más importante, aun a pesar de que las luchas contra las formas de dominación y explotación no han desaparecido. Todo lo contrario.
Sospecho que esta no es la primera vez que nuestra sociedad se enfrenta a este tipo de lucha.
Todos los movimientos que tuvieron lugar en los siglos XV y XVI, cuya principal expresión y resultado fue la reforma, deben analizarse como una gran crisis de la experiencia occidental de
la subjetividad y la revuelta contra el tipo de poder religioso y moral que dio lugar a esta subjetividad durante la Edad Media. La necesidad de tomar parte directamente en la vida espiritual, en la tarea de la salvación, en la verdad del Libro, todo ello constituía una lucha por una nueva subjetividad.
Conozco el tipo de objeciones que se pueden hacer a este planteamiento. Podemos decir que todos los tipos de subyugación [subjection] son fenómenos derivados, que son meras consecuencias de otros procesos económicos y sociales: fuerzas productivas, lucha de clases y estructuras ideológicas que determinan la forma de la subjetividad.
Es cierto que no se pueden estudiar los mecanismos de subyugación [subjection] al margen de los mecanismos de explotación y dominación. Pero estos no son un mero «polo» de mecanismos más fundamentales. Mantienen relaciones complejas y circulares con otras formas.
La razón de que este tipo de lucha tienda a prevalecer en nuestra sociedad se debe a que, desde el siglo XVI, se ha desarrollado continuamente una nueva forma de poder político. Esta nueva estructura política, como todo el mundo sabe, es el Estado. Pero casi siempre se considera el Estado como un tipo de poder político que hace caso omiso del individuo, que sólo mira por los intereses de la totalidad o, mejor, de una clase o grupo de ciudadanos.
Esto es cierto. Pero me gustaría subrayar el hecho de que el poder del Estado (y ésta es una de las razones de su fuerza) es una forma de poder tanto individualizadora como totalizadora. Nunca, según creo, en la historia de las sociedades humanas -ni siquiera en la antigua sociedad china- ha habido una combinación tan intrincada de las mismas estructuras de técnicas de individualización y de procedimientos de totalización.
Esto se debe a que el estado moderno occidental ha integrado en una nueva forma política una vieja técnica de poder cuyo origen se remonta a las instituciones cristianas. Podemos denominar a esta técnica de poder el poder pastoral.
Antes de nada, unas palabras sobre este poder pastoral.

A menudo se ha dicho que el cristianismo ha generado un código ético fundamentalmente diferente del que poseía el mundo antiguo. Normalmente se pone menos énfasis en el hecho de que el cristianismo postuló y expandió nuevas relaciones de poder por todo el mundo antiguo.
El cristianismo es la única religión que se ha organizado como una iglesia. Como tal, postula, por principio, que ciertos individuos, debido a sus cualidades religiosas, sirven a los demás no como príncipes, magistrados, profetas, adivinos, benefactores o educadores, etc., sino como pastores. Con todo, este término designa una forma de poder muy especial.
1. Es una forma de poder cuya meta última es asegurar la salvación individual en el otro mundo.
2. El poder pastoral no es meramente una forma de poder que da órdenes; también ha de estar pronto al sacrificio por la vida y la salvación del rebaño. De este modo, es diferente del poder de la realeza, que exige el sacrificio de sus súbditos para salvar el trono.
3. Es una forma de poder que no sólo se ocupa del conjunto de la comunidad, sino de cada individuo en particular a lo largo de toda su vida.
4. Finalmente, esta forma de poder no se puede ejercer sin conocer el interior de las mentes de la gente, sin explorar sus almas, sin hacerles revelar sus secretos más profundos.
Esta forma de poder está orientada a la salvación (en oposición al poder político). Es oblativa (en oposición al principio de soberanía); es individualizante (en oposición al poder judicial); es coextensiva y continua con la vida; se vincula a la producción de verdad -la verdad del propio individuo.
Sin embargo, se podría decir que todo esto pertenece a la historia; que aunque la pastoral no ha desaparecido, lo cierto es que ha perdido la mayor parte de su eficacia.
Es verdad, pero creo que hay que distinguir entre dos aspectos del poder pastoral -entre la institucionalización eclesiástica, que se ha ido extinguiendo o al menos ha ido perdiendo su vitalidad desde el siglo XVIII, y su función, que se ha generalizado y multiplicado al margen de la institución eclesiástica.
Un fenómeno importante tuvo lugar en torno al siglo XVIII -una nueva distribución, una nueva organización de este tipo de poder de individualización.
No creo que debamos considerar el «estado moderno» como una entidad que se ha desarrollado por encima de los individuos, que ignora lo que son e incluso su propia existencia sino, por el contrario, como una estructura muy sofisticada, en la que se puede integrar a los individuos con una condición: que esta individualidad adopte una nueva forma y se someta a un conjunto de dispositivos muy específicos.
En cierto sentido, el estado se puede considerar una matriz de individualización, o una nueva forma de poder pastoral.
Algunas palabras más acera de este nuevo poder pastoral.
1. Podemos observar un cambio en sus objetivos. Ya no se trata de guiar a la gente a su salvación en el otro mundo, sino más bien de asegurarla en éste. Y en este contexto, la palabra «salvación» adquiere distintos sentidos: salud, bienestar (esto es, riqueza suficiente, un cierto nivel de vida), seguridad, protección contra los accidentes. Una serie de objetivos «mundanos»
suplantaron a las metas religiosas de la pastoral tradicional, con una facilidad que se debe a que esta última, por distintas razones, se propuso de forma accesoria algunas de estas metas; no hay más que recordar cómo las iglesias católica y protestante aseguraron durante largo tiempo el papel de la medicina y su función benéfica.
EL SUJETO Y EL PODER

2. Al mismo tiempo se incrementó el número de funcionarios del poder pastoral. En ocasiones esta forma de poder se ejerció a través del aparato del estado o, en todo caso, de una institución pública como la policía (no hay que olvidar que cuando se inventó la fuerza policial, en el siglo XVIII, no sólo se pretendía mantener la ley y el orden, o ayudar a los gobiernos en sus luchas contra sus enemigos, sino también asegurar el abastecimiento urbano, la higiene, la salud y las normas consideradas necesarias para el comercio y la manufactura). En ocasiones, quienes ejercían el poder eran empresas privadas, sociedades benéficas, benefactores y, en general, filántropos. Pero las antiguas instituciones, como la familia, también se movilizaron en ese momento para asumir funciones pastorales. También lo ejercían estructuras complejas como la medicina que, por una parte, incluía iniciativas privadas, tales como la venta de servicios a partir de principios de economía de mercado y, por otra parte, instituciones públicas como los hospitales.
3. Finalmente, la multiplicación de los objetivos y los agentes del poder pastoral orientaron el desarrollo del saber acerca del hombre en torno a dos cuestiones: la primera, global y cuantitativa, relativa a la población; la otra, analítica, relativa al individuo.
Esto implica que el poder pastoral, que a lo largo de los siglos -durante más de un milenio-había estado vinculado a una institución religiosa determinada, se extendió de repente a la totalidad del cuerpo social; encontró apoyo en multitud de instituciones. En lugar de un poder pastoral y un poder político, más o menos vinculados entre sí, más o menos rivales, se generó una «táctica» de individualización que caracterizó toda una serie de poderes: la familia, la medicina, la psiquiatría, la educación y los empresarios.
A finales del siglo XVIII, Kant escribió en un periódico alemán -el Berliner Monatschrift -un breve texto. El título era «Was heisst Aufklärung?»3 y durante mucho tiempo se consideró, y aún se considera, una obra menor, relativamente poco importante.
Sin embargo, no puedo dejar de encontrarla misteriosa e interesante, pues se trata de la primera vez que un filósofo propone como tarea filosófica investigar no sólo el sistema metafísico o los fundamentos del conocimiento científico sino un acontecimiento histórico -un acontecimiento reciente, incluso contemporáneo-.
Cuando en 1784 Kant preguntaba «Was heisst Aufklärung?», quería decir ¿qué está ocurriendo? ¿Qué nos está pasando? ¿Qué es este mundo, ésta época, este preciso momento que estamos viviendo?
En otras palabras: ¿Qué somos? ¿Qué somos como Aufklärer, como parte de la Ilustración? Compárese esto con la pregunta cartesiana ¿quién soy yo? ¿Yo, como sujeto único, aunque universal y ahistórico? ¿Yo, para Descartes, es cualquiera, en cualquier lugar y momento?
Pero Kant pregunta algo más: qué somos en un momento muy preciso de la historia.
La pregunta de Kant se muestra como un análisis tanto de nosotros mismos como de nuestro presente.
Creo que este aspecto de la filosofía fue adquiriendo paulatinamente más importancia: Hegel, Nietzsche…

1 ¿.Qué es Ilustración?, trad. Agapito Maestre y José Romagosa, Madrid, Tecnos, 1988. Véase también el
artículo de Foucault, «Was isl Aufklärung?», Anábasis 4 (1996), pp. 9-26. [N. de los T.]

 

El otro aspecto, relativo a la «filosofía universal» no desapareció. Pero la tarea de la filosofía como análisis crítico de nuestro mundo cada vez tiene más importancia. Tal vez el problema filosófico más inapelable sea el del presente y de lo que somos en este mismo momento.
Quizá el objetivo, hoy en día, no sea tanto descubrir qué somos cuanto rechazar lo que somos. Tenemos que imaginar y construir lo que podríamos ser para librarnos de esta especie de «doble vínculo» político que es la simultánea individualización y totalización de las modernas estructuras de poder.
La conclusión sería que el problema político, ético, social v filosófico de nuestros días no consiste en tratar de liberar al individuo del estado v de las instituciones del Estado, sino en liberarnos tanto del estado como del tipo de individualización vinculado al Estado. Tenemos que impulsar nuevas formas de subjetividad mediante el rechazo de este tipo de individualidad que se nos ha impuesto a lo largo de varios siglos.

¿Cómo se ejerce el poder?
Para algunos, el plantear preguntas en torno al «cómo» del poder ha de limitarse a la descripción de sus efectos sin tratar de relacionar esos efectos con sus causas ni con una naturaleza. Esto convierte a ese poder en una sustancia misteriosa a la que es mejor no interrogar en sí misma, sin duda porque se prefiere no ponerla en cuestión. Al proceder de esta manera, que
nunca se justifica explícitamente, parecen sospechar la existencia de una especie de fatalismo.
Sin embargo, ¿acaso esa misma desconfianza no indica que se está presuponiendo (pie el poder es algo que existe con tres características distintas: su origen, su naturaleza básica v sus manifestaciones?
Si he decidido, provisionalmente, privilegiar un tanto la cuestión del «cómo», no se debe a que pretenda eliminar las preguntas acerca del «qué» y el «por qué». Lo que ocurre más bien es que me gustaría presentar estas preguntas de una forma un tanto diferente: o mejor, quisiera saber si es legítimo imaginar un poder que une en sí mismo un qué, un por qué v un cómo.
Por decirlo sin ambages, comenzar el análisis por el «cómo» es sugerir que el poder en cuanto tal no existe; es, como poco, preguntarse qué contenidos se tienen en mente cuando se usa este término cosificador y omnímodo; es sospechar que a uno se le escapa una configuración de realidades especialmente compleja cuando reincide una y otra vez en la doble interrogación: ¿qué es el poder? y ¿de dónde procede el poder? La humilde pregunta, ¿qué pasa?, a pesar de ser plana v empírica, una vez que se examina demuestra que no pretende acusar de fraude a la metafísica o a la ontología del poder; más bien, intenta emprender una investigación crítica de la temática del poder.
«Cómo» no en el sentido de «¿Cómo se manifiesta?», sino de «¿Cómo se ejerce?» y «¿Qué pasa cuando unos individuos ejercen (como se dice) poder sobre los demás?»
Si se concibe así el poder, antes de nada es necesario distinguirlo del que se ejerce sobre las cosas y proporciona la capacidad de transformarlas, usarlas o destruirlas -un poder que surge a partir de capacidades directamente inherentes al cuerpo o que se transmiten mediante instrumentos externos-. En este caso se trata de una cuestión de «capacidad». Por otra parte, lo que caracteriza al poder que estamos analizando es que pone en juego relaciones
entre individuos (o entre grupos). Porque no debemos llamarnos a engaño; si hablamos de estructuras o mecanismos de poder, es sólo en la medida en que suponemos que ciertas personas ejercen poder sobre otras. El término «poder» designa relaciones entre «parejas» (por cierto que no estoy pensando en un juego de suma cero4, sino simplemente, sin ir más allá por el momento de estos términos generales, en un conjunto de acciones que inducen otras y se siguen de otras).
También es necesario distinguir las relaciones de poder de las relaciones de comunicación que transmiten información por medio de un lenguaje, un sistema de signos o cualquier otro medio simbólico. Sin duda la comunicación es siempre una cierta forma de actuar sobre otra
persona o grupo de personas. Pero la producción v la circulación de elementos de significado puede tener como meta o consecuencia ciertos efectos de poder; estos últimos no son simplemente un aspecto de las primeras. Las relaciones de poder poseen una naturaleza específica.
pasen o no pasen a través de sistemas de comunicación. Así pues, las relaciones de poder, las relaciones de comunicación v las capacidades objetivas no deben confundirse. Esto no implica que se trate de tres dominios separados. Ni que de un lado se encuentre el ámbito de las
cosas, de la técnica perfeccionada, del trabajo y la transformación de lo real: de otro el de los signos, la comunicación, la reciprocidad y la producción de sentido; y, finalmente, el de la dominación de los medios de coerción, de la desigualdad y de la acción de los hombres sobre otros hombres5. Se trata de tres tipos de relación que de hecho siempre se solapan, se apoyan
recíprocamente entre sí, se usan mutuamente como medios en vista de un fin. La aplicación de las capacidades objetivas, en sus formas más elementales, implica relaciones de comunicación (ya sea en forma de información previamente adquirida o de trabajo compartido); está unida a
las relaciones de poder (va consistan en tareas obligatorias, en gestos que la tradición o el aprendizaje ha impuesto, en la división y la distribución más o menos obligatoria del trabajo).
Las relaciones de comunicación implican actividades finalizadas (al menos la correcta puesta en juego de los elementos significativos) v, gracias a la modificación del campo de información entre «parejas», producen efectos de poder. Apenas pueden disociarse de las actividades finalizadas, ya sean las que permiten el ejercicio de este poder (como las técnicas de adiestramiento, los procesos de dominación, los medios a través de los que se obtiene obediencia) o aquellas que, en orden a desarrollar su potencial, recurren a las relaciones de poder (la división del trabajo y la jerarquía de las tareas).
Por supuesto, la coordinación entre estos tipos de relaciones no es uniforme ni constante.
En una sociedad determinada no hay un tipo general de equilibrio entre las actividades finalizadas, los sistemas de comunicación v las relaciones de poder. Más bien hay distintas formas, distintos lugares, distintas circunstancias u ocasiones en las (pie estas interrelaciones se establecen de acuerdo con un modelo específico. Pero también hay «bloques» en los que el

4 En el original francés Foucault escribe simplemente «un système de jeu», el añadido del traductor inglés alude a un juego estratégico en el que la ganancia y la pérdida de los contendientes (en el caso de que sean dos) son equivalentes, de forma tal que si se suman (dando valores negativos a la pérdida) el resultado es cero. Es el caso típico de la mayoría de las apuestas. [N. de los T.]
5 Cuando Jürgen Habermas distingue entre dominación, comunicación y actividad, no creo que los entienda como tres dominios separados sino, mas bien, como tres «transcendentales».

ajuste de habilidades, los recursos de comunicación y las relaciones de poder constituyen sistemas regulados y concertados. Si se toma en consideración, por ejemplo, una institución educativa: la disposición de su espacio, los meticulosos reglamentos que gobiernan su vida interna, las distintas actividades que allí se organizan, las diversas personas que viven o se
encuentran allí, cada una con su propia función y su papel bien definido -todas estas cosas constituyen un bloque de capacidad-comunicación-poder-. La actividad que asegura el aprendizaje y la adquisición de aptitudes o tipos de comportamiento se desarrolla allí por medio de todo un conjunto de comunicaciones reguladas (lecciones, preguntas y respuestas, órdenes, exhortaciones, signos de obediencia codificados, marcas que diferencian el «valor» de cada persona y los niveles de conocimiento) y a través de toda una serie de procesos de poder (encierro, vigilancia, recompensas y castigos, jerarquía piramidal).
Estos bloques, en los que la puesta en juego de capacidades técnicas, el juego de comunicaciones y las relaciones de poder se ajustan mutuamente según fórmulas establecidas, constituyen lo que se podría denominar, ampliando un poco el sentido del término, «disciplinas». El análisis empírico de ciertas disciplinas tal y como se han constituido históricamente entraña,
por la misma razón, cierto interés. Esto es así porque las disciplinas muestran, en primer lugar, según esquemas artificialmente claros y puros, la forma en que se pueden integrar los sistemas de finalidad objetiva y los sistemas de comunicación y poder. También ponen en juego distintos
modelos de articulación, que en ocasiones dan preeminencia a las relaciones de poder y obediencia (como ocurre en las disciplinas de tipo penitenciario o monástico), en ocasiones a las actividades finalizadas (como en las disciplinas de hospitales o talleres), en otras a las relaciones de comunicación (como en las disciplinas de aprendizaje) y en otras a una saturación de los tres tipos de relaciones (como quizá ocurre en la disciplina militar, donde una plétora de signos indica, hasta ser casi redundante, prietas relaciones de poder cuidadosamente calculadas para producir un cierto número de efectos técnicos).
Lo que se ha de entender por el disciplinamiento de las sociedades europeas desde el siglo XVIII no es, por supuesto, que los individuos que forman parte de ellas se hagan paulatinamente más obedientes, ni que se dispongan a reunirse en barracones, escuelas o prisiones; sino más bien que se ha ido construyendo un proceso de ajuste cada vez mejor controlado -cada vez más racional y económico- entre las actividades productivas, los recursos comunicativos y el juego de las relaciones de poder.
Así pues, acometer el tema del poder mediante un análisis del «cómo» significa introducir varios cambios críticos en relación con la suposición de un poder fundamental. Significa proponerse como objeto de análisis las relaciones de poder y no el poder en sí-relaciones de poder
que son diferentes de las habilidades objetivas, así como de las relaciones de comunicación.
Esto es tanto como afirmar que las relaciones de poder se pueden entender en la diversidad de su secuencia lógica, sus habilidades y sus interrelaciones.

¿EN QUÉ CONSISTE LA NATURALEZA ESPECÍFICA DEL PODER?
El ejercicio del poder no es simplemente una relación entre «parejas», individuales o colectivas; se trata de un modo de acción de algunos sobre algunos otros. Lo que, por supuesto, quiere decir que no existe algo así como el Poder, con letra mayúscula o sin ella, que existiría universalmente, en forma concentrada o difusa: sólo existe el poder que ejercen «unos» sobre «otros»; el poder sólo existe cuando se ejerce, aunque, por supuesto, se inscribe en un campo de posibilidades dispares que se apoya en estructuras permanentes. Esto también significa que el poder no pertenece al orden del consentimiento. En sí mismo no significa una renuncia a
la libertad, una transferencia de derechos, la delegación del poder de todos y cada uno en unos cuantos (lo que no es óbice para que el consentimiento pueda ser una condición de la existencia o el mantenimiento del poder); la relación de poder puede ser el efecto de un consentimiento anterior o permanente; pero su naturaleza no consiste en ser la manifestación de un consenso.
¿Quiere esto decir que hay que buscar la índole propia de las relaciones de poder en la violencia que seguramente constituyó su forma primitiva, su secreto permanente y su último recurso, lo que en un análisis final se muestra como su auténtica naturaleza, cuando se le fuerza a quitarse la máscara y a mostrarse como realmente es? Lo que define una relación de poder es que es un modo de acción que no actúa directa e inmediatamente sobre los demás. Por el contrario, actúa sobre sus acciones: una acción sobre la acción, sobre acciones posibles o actuales, futuras o presentes. Una relación de violencia o bien actúa sobre un cuerpo o bien sobre cosas: fuerza, subyuga, destruye: clausura todas las posibilidades. Su polo opuesto sólo puede ser la pasividad y, si se enfrenta a cualquier tipo de resistencia, no puede mas que tratar de reducirla. Por otra parte, una relación de poder sólo puede articularse sobre la base de dos elementos, cada uno de los cuales es indispensable si realmente se trata de una relación de poder: que «el otro» (sobre quien se ejerce el poder) sea completamente reconocido y que se le mantenga hasta el final como sujeto de acción; y que ante la relación de poder se abra todo un repertorio de respuestas, reacciones, efectos e invenciones posibles.
Obviamente la puesta en juego de relaciones de poder no es más exclusiva del uso de la violencia que de la adquisición de consentimientos; sin lugar a dudas, el ejercicio del poder no puede privarse ni del uno ni de la otra, y a menudo utiliza ambos a la vez. Pero, aunque el con- senso y la violencia son instrumentos o resultados, no constituyen el principio o la base del poder. El ejercicio de poder puede producir tanta aceptación como se quiera: puede acumular muertos y protegerse con cuantas amenazas se pueda imaginar. El ejercicio de poder no es de suyo violencia, ni tampoco un consenso que se renueva implícitamente. Es un conjunto de acciones sobre acciones posibles que opera en el campo de lo potencial, donde se inscribe en el comportamiento de los sujetos que actúan: incita, induce, seduce, facilita o dificulta; amplía o restringe, hace más o menos probable; en el límite, constriñe o prohíbe de manera absoluta; de cualquier modo siempre es una manera de actuar sobre un sujeto que actúa o sobre sujetos actuantes en virtud de su acción o su capacidad de acción.
Quizá la naturaleza equívoca del término «conducta» [conduite] sea de gran ayuda para alcanzar a entender la especificidad de las relaciones de poder. Pues «conducir» es al mismo tiempo el acto de «llevar» a otros (según mecanismos de coerción de diversa severidad) y una forma de comportarse en un campo más o menos abierto de posibilidades6. El ejercicio de poder consiste en «conducir conductas» y ordenar las probabilidades. En el fondo, el poder no es tanto una confrontación entre dos adversarios o su vínculo mutuo, cuanto una cuestión de «gobierno». La palabra debe entenderse en el amplio sentido que tenía en el siglo XVI.

6 En este punto el traductor inglés señala que «Foucault juega con el doble sentido que en francés tiene el
verbo conduire -“guiar” o “conducir”- y se conduire, “comportarse” o “conducirse”»; obviamente el juego de palabras se conserva perfectamente en castellano [N. de los T.].
«Gobierno» no hacía referencia sólo a las estructuras políticas o a la dirección de los estados; más bien designaba la forma en que se dirigía la conducta de individuos v grupos: el gobierno de los niños, de las almas, de las comunidades, de las familias, de los enfermos. No sólo incluía las formas políticas legítimamente constituidas de sometimiento político o económico, sino también modos de acción, más o menos calculados, destinados a actuar sobre las posibilidades de acción de otras personas. Gobernar, en este sentido, es estructurar el campo potencial de acción de los otros. La relación propia del poder no debe buscarse en el ámbito de la violencia y la lucha, ni tampoco en el del vínculo voluntario (que, a lo sumo, pueden ser instrumentos del poder), sino en la esfera de ese modo de acción singular -ni beligerante, ni jurídica que es el gobierno.
Cuando uno define el ejercicio de poder como un modo de acción sobre las acciones de los otros, cuando se caracterizan estas acciones por ser el «gobierno» del hombre por el hombre-en el sentido más común del término- se incluye un elemento importante: la libertad. El poder no se ejerce más que sobre «sujetos libres» y en la medida en que son «libres» -entendiendo por tales sujetos individuales o colectivos que se enfrentan a un campo de posibilidades en el que pueden darse diferentes conductas, diferentes reacciones v diferentes modos de comportarse. Allí donde las determinaciones están saturadas no hay relación de poder: la esclavitud no es una relación de poder mientras el hombre se encuentra encadenado (en este caso es una relación física de coacción), sino justamente cuando se puede desplazar y, en último término, escapar. Por tanto, no se da un enfrentamiento directo entre el poder y la libertad, una relación que resulte mutuamente excluyente (cuando se ejerce el poder la libertad desaparece), sino un juego mucho más complejo: en él la libertad puede aparecer como unacondición de posibilidad del poder (es al mismo tiempo su precondición, pues debe haber libertad para que se ejerza el poder, v su soporte permanente, pues sin la libertad el poder desaparecería y lo sustituiría la pura y simple coerción que caracteriza la violencia); pero tambiénaparece como lo que se opone a un ejercicio de poder que, a fin de cuentas, tiende a determinarla por completo.
La relación de poder y la insumisión de la libertad no pueden escindirse. El problema central del poder no es el de la «servidumbre voluntaria» (¿cómo podríamos desear ser esclavos?):en el núcleo de la relación de poder, hasta el punto que la «provoca» constantemente, se encuentran la resistencia de la voluntad v la índole intransitiva de la libertad. Más que de un «antagonismo» esencial, habría que hablar de un «agonismo»7 -de una relación que es a la vez incitación recíproca y lucha-: no tanto una confrontación que bloquea a ambas partes, como una permanente provocación.

¿CÓMO ANALIZAR LA RELACIÓN DE PODER?
Se puede analizar esta relación -quiero decir: es perfectamente legítimo hacerlo -en instituciones bien determinadas, pues constituyen una atalaya privilegiada para observarlas en su diversificación, concentradas, ordenadas y conducidas hasta su grado de eficacia más alto. Es7 El neologismo que utiliza Foucault se basa en el término griego  que significa «combate». El término implicaría una competición física en la que los contrincantes ponen en juego una estrategia de reacción y de desafío mutuo, como en un combate de lucha libre. [Nota de la traducción inglesa.] aquí donde, en un principio, uno esperaría ver la aparición de la forma y la lógica de sus mecanismos elementales. Sin embargo, el análisis de las relaciones de poder en espacios institucionales cerrados presenta cierto número de inconvenientes. En primer lugar, como una parte importante de los mecanismos que una institución pone en juego se destina a garantizar su propia conservación, se corre el riego de descifrar sólo funciones reproductivas, sobre todo en el caso de lasrelaciones de poder «intra-institucionales». En segundo lugar, al analizar las relaciones de poder a partir de las instituciones, uno se expone a buscar en estas últimas la explicación y el origen de las primeras, en definitiva, a explicar el poder por el poder. Finalmente, en la medida en que las instituciones actúan esencialmente poniendo en juego dos elementos: las reglas (tácitas o explícitas) y un aparato, existe el riesgo de privilegiar en demasía uno de los dos elementos en la relación de poder y, de este modo, no ver en ésta nada más que modulaciones de la ley y la coerción.
Esto no significa que las instituciones carezcan de importancia a la hora de establecerrelaciones de poder. Más bien se trata de señalar que para analizar las instituciones siempre hay que partir de las relaciones de poder, y no a la inversa, y que el punto de anclaje fundamental de las relaciones, aun cuando se encarnen y cristalicen en una institución, debe buscarse fuera de la institución.
Volvamos a la definición del ejercicio del poder como una forma en que ciertas acciones puedan estructurar el campo de otras acciones posibles. De este modo, lo que sería propio de una relación de poder es ser un modo de acción sobre otras acciones. Esto es, las relaciones de poder están fuertemente arraigadas en el nexo social; no constituyen sobre la «sociedad» una estructura suplementaria con cuya desaparición quizá se pueda soñar. En cualquier caso, vivir en sociedad es vivir de forma tal que resulta posible actuar sobre las acciones de otros.
Una sociedad «sin relaciones de poder» no es más que una abstracción. Esto, dicho sea de paso, hace que sea políticamente muy necesario el análisis de estas relaciones en una sociedad determinada, de su formación histórica, de lo que las hace sólidas o frágiles, de las condiciones necesarias para transformar unas y abolir otras. En efecto, afirmar que no puede haber una sociedad sin relaciones de poder no quiere decir ni que todas las que se dan son necesarias, ni tampoco que el poder constituye una fatalidad ineluctable que invade el corazón mismo de las sociedades; sino que el análisis, la elaboración, la discusión de las relaciones de poder, del «agonismo» entre las relaciones de poder y la intransitividad de la libertad es una tarea política inherente a toda existencia social.
Concretamente, el análisis de las relaciones de poder exige que se establezca cierto número de puntos.
1. El sistema de diferenciaciones que permite actuar sobre la acción de los otros: diferencias jurídicas o tradicionales de status y de privilegios; diferencias económicas respecto a la apropiación de las riquezas y de los bienes; diferencias en las habilidades y en las capacidades, etc. Toda relación de poder pone en juego diferenciaciones que son a la vez sus condiciones
y sus efectos.
2. El tipo de objetivos que persiguen quienes actúan sobre la acción de los otros: mantener los privilegios, acumular beneficios, poner en juego la autoridad estatutaria, ejercer una función o un oficio.
3. Las modalidades instrumentales: según se ejerza el poder mediante la amenaza de las armas o mediante los efectos del habla, a través de desigualdades económicas, mediante mecanismos más o menos complejos de control, gracias a sistemas de vigilancias, con o sin archivos, según reglas explícitas o no, permanentes o modificables, con o sin dispositivos materiales, etc.
4. Las formas de inslitucionalización: pueden combinar las disposiciones tradicionales, las estructuras jurídicas, los ámbitos de la costumbre y la moda (como ocurre en las relaciones de poder que atraviesan la institución familiar); también pueden adoptar la Corma de un dispositivo cerrado sobre sí mismo, con sus lugares específicos, sus propios reglamentos, sus estructuras jerárquicas cuidadosamente definidas, y una relativa autonomía funcional (como en las instituciones escolares o militares); también pueden formar sistemas muy complejos dolados de aparatos múltiples, como es el caso del estado, que constituye el envoltorio general, la instancia de control global, el principio de regulación y, en cierta medida, de distribución de todas las relaciones de poder en un conjunto social dado.
5. Los grados de racionalización: la operatividad de las relaciones de poder como acción sobre un campo de posibilidades puede estar más o menos elaborada en función de la eficacia de los instrumentos v de la certeza del resultado (mayor o menor refinamiento de la tecnología empleada en el ejercicio del poder) o también del posible coste (va sea el «coste» económico de los medios empleados, o del coste «reactivo» que generan las resistencias (pie se encuentran).
El ejercicio del poder no es un hecho bruto, una circunstancia institucional, ni tampoco una estructura que se mantiene o se derrumba: se elabora, se transforma, se organiza, se dota de procedimientos más o menos apropiados.
Se entiende ahora la razón de que el análisis del poder en una sociedad no pueda reducirse al estudio de una serie de instituciones, ni siquiera al estudio de todas aquellas instituciones que merecerían el nombre de «política». Las relaciones de poder están arraigadas en el conjunto de la red social. Sin embargo, esto no significa que exista un principio de poder primero y fundamental que domina hasta el más mínimo elemento de la sociedad, sino que, a partir de la posibilidad de la acción sobre la acción de los otros que se extiende a toda relación social, las formas múltiples de disparidad individual, de objetivos, de instrumentaciones dadas sobre nosotros y los demás, de institucionalización más o menos sectorial o global, de organización más o menos deliberada, determinan distintas formas de poder. Las formas y las situaciones específicas de «gobierno» de los hombres entre sí en una sociedad son múltiples, se superponen, se entrecruzan, se limitan y a veces se anulan, mientras que en otros casos se refuerzan. Es un hecho obvio que el estado en las sociedades contemporáneas no es simplemente una de las formas o uno de los lugares del ejercicio del poder, sino que de alguna manera el resto de relaciones de poder deben referirse a él. Esto no ocurre porque deriven de él, más bien ocurre que las relaciones de poder han pasado paulatinamente a estar bajo el control estatal (aunque este control del estado no haya adoptado la misma forma en los sistemas pedagógicos, judiciales, económicos o familiares).
Si recuperamos aquí el sentido restringido de la palabra «gobierno», se podría decir que las relaciones de poder se han visto progresivamente gubernamentalizadas, es decir, elaboradas, racionalizadas v centralizadas en la forma o bajo los auspicios de las instituciones estatales.

RELACIONES DE PODER Y RELACIONES ESTRATÉGICAS
La palabra estrategia se emplea de ordinario en tres sentidos. En primer lugar, designa la elección de ciertos medios para alcanzar un fin; es la racionalidad que se pone en juego para lograr un objetivo. En segundo lugar, se usa para designar la manera en que un participante en un juego cualquiera actúa en función de lo que considera que debería ser el curso de acción de los demás, v de lo que cree que los otros pensarán de la suya, en definitiva, la manera en que uno trata de obtener ventaja sobre los otros. Finalmente, designa el conjunto de procedimientos utilizados en un enfrentamiento para privar al adversario de sus medios de combate y así hacer que renuncie a la lucha; es cuestión, por tanto, de los medios destinados a obtener la victoria. Estos tres significados concurren en las situaciones de enfrentamiento -guerra o juego- en las que el objetivo es actuar sobre un adversario de tal manera que le resulte imposible luchar. De este modo, la estrategia se define por la elección de soluciones «ganadoras». Sin embargo, hay que tener en mente que se trata aquí de una situación de un tipo muy especial y que hay otras en las que es necesario mantener las distinciones entre los diferentes sentidos de la palabra «estrategia».
En relación al primer sentido indicado, se puede llamar «estrategia de poder» al conjunto de medios que se ponen en juego para poner en marcha o para mantener un dispositivo de poder. También se puede hablar de estrategia propia de las relaciones de poder en la medida en que estas últimas constituyen modos de acción sobre la acción posible, eventual, que se supone que los otros realizarán. Los mecanismos puestos en juego en las relaciones de poder pueden entenderse en términos de «estrategias». No obstante, evidentemente el punto más importante es la relación entre relaciones de poder y estrategias de enfrentamiento. Pues, si bien es cierto que en el núcleo mismo de las relaciones de poder se encuentra una cierta insumisión, así como ciertas libertades esencialmente obstinadas, que constituyen su condición de posibilidad, no es menos cierto que no hay relación de poder sin resistencia, sin escapatoria o huida, sin posibilidad de regreso; toda relación de poder implica por tanto, al menos potencialmente, una estrategia de ludia, en la que las fuerzas no se superponen, ni pierden su naturaleza específica ni tampoco se vuelven confusas. Cada una constituye respecto a la otra una especie de límite permanente, de punto de inversión. Una relación de enfrentamiento encuentra su término, su momento final (y la victoria de uno de los dos adversarios) cuando el juego de las relaciones antagónicas se ve sustituido por mecanismos estables que permiten conducir de Corma constante y certera la conducta de los otros; la fijación de una relación de poder constituye un objetivo en una relación de enfrentamiento -su cumplimiento y su suspensión simultáneamente desdc el momento en que va no es una lucha a muerte. Por su parte, la estrategia de lucha constituye una frontera para cualquier relación de poder: el límite donde, en vez de manipular e inducir de forma calculada la conducta ajena, hay que limitarse a contestar a sus propias acciones. No puede haber relaciones de poder sin puntos de insumisión (pe, por definición, se le escapan, así pues, toda intensificación, toda extensión de las relaciones de poder que trate de someterlos no llevará más que a los límites del ejercicio de poder. Este encuentra así su tope en un tipo de acción que reduce al otro a la total impotencia (aquí la «victoria» sobre el adversario sustituye al ejercicio de poder), o bien en una confrontación con los gobernados y su transformación en adversarios. En definitiva, toda estrategia de enfrentamiento sueña con llegar a ser una relación de poder; y toda relación de poder trata de convertirse en una estrategia ganadora, va siga su propia línea de desarrollo o se encuentre con resistencias directas.
En efecto, hay un llamamiento recíproco entre relación de poder y estrategia de lucha, un encadenamiento indefinido y una inversión constante. A cada instante las relaciones de poder pueden convertirse, y en ocasiones lo hacen, en un enfrentamiento entre adversarios. A cada instante las relaciones entre adversarios en una sociedad propician que se activen mecanismos de poder. Esta inestabilidad hace que los mismos procesos, los mismos acontecimientos y las mismas transformaciones puedan entenderse tanto desde una historia de las luchas como desde una historia de las relaciones y los dispositivos de poder. No aparecerán ni los mismos elementos significativos, ni los mismos encadenamientos, ni los mismos tipos de inteligibilidad, aunque se refieran al mismo tejido histórico y aunque esos análisis remitan el uno al otro. Precisamente la interferencia de estas dos lecturas hace aparecer los fenómenos fundamentales de «dominación» que muestra la historia de una gran parte de las sociedades humanas. La dominación es una estructura global de poder cuyas ramificaciones y consecuencias se pueden encontrar incluso en el más tenue entramado social; pero también es una situación estratégica más o menos consciente y solidificada en un enfrentamiento de largo alcance histórico. Puede ocurrir que un fenómeno de dominación no sea más que la transcripción de los mecanismos de poder que resultan de una relación de enfrentamiento y de sus consecuencias (una estructura política que surja a partir de una invasión, por ejemplo); también puede ser que una relación de lucha entre dos adversarios sea consecuencia del desarrollo de las relaciones de poder, con los conflictos y las diferencias que entraña. Pero lo que hace que la dominación de un grupo, de una clase o de una casta, así como las resistencias o revueltas que se enfrentan a esa dominación, sean hechos centrales en la historia de las sociedades es que manifiestan, de forma global y masiva, a la escala de todo el cuerpo social, la articulación de las relaciones de poder y las relaciones estratégicas, así como su efectos de interacción recíproca.


Texto original descargable en .pdf

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s